Se ha perturbado el silencio de la noche con los molestos ruidos de los gritos exprimidos en el aire de esos despertadores que interrumpen a los sueños indefinidos dejándolos a medias, (en casi todos los casos). Hasta no presionar la clavija, el guirigay del despertador taladra a tus tímpanos impertérritos casi sin tu permiso y parte de esos microscópicos sonajeros alborotadores que atraviesan los huecos que han quedado al descubierto de entre las sábanas y edredones, ha sido por que has consentido su feroz ópera de afónica melodía y se transmutan en dardos de veneno caduco, se filtran hasta tu cuerpo cobijado en su tálamo o (para algún cuerpo solitario) de su cama desértica.
Tus pastosos ojos de gallo se desperezan sabiendo que tu silueta horneada en esa madeja de lanas e hilos se enfriará nada más que pongas un pie sobre el glacial suelo.
Es la hora de ir abrir las cortinas metálicas. Los camareros, esos escultores de tapas y bebidas, consienten que el aroma de su café recién hecho babosee hasta la calle. Los panaderos, hornean sus mejores hogazas de pan para que con nuestras manos podamos disfrazarlos de bocadillos de salchichón y mortadela enroscándolos en el papel de aluminio, suculento almuerzo de aguante que consigue engañar al hambre del marido en su trabajo o del niño en el colegio. Pero no todo el mundo sube una persiana, los hay que arrastran sus abultadas escobas que barren cada porción de la ciudad, son como seres invisibles mimetizados en ese verde fosforito y son muy pocos los que reparan en ellos. Los que nos fijamos en los barrenderos, esbozamos de nuestras bocas un identificado “buenos días” porque somos parte de esa especie de animales mañaneros, aunque siempre existen quienes les saludan más por el compromiso que porqué de verdad les apetezcan hacerlo.
Y es en esa madrugada diaria donde los individuos abren las puertas de sus cubitos de piedra para licuarse con el hierro de sus bestias de carraspeo perenne, apurando los minutos en el camino hasta llegar a su lugar de trabajo (un bien escaso hoy día). El plumaje de estos gallos del crepúsculo, se les va cayendo a lo largo de toda la mañana hasta que la finiquitan, evolucionando en organismos de aspectos normal para que de nuevo al día siguiente vuelvan al mismo punto de partida de esa rutinaria esfera…
Las campanillas suenan chirriantes, abre tus párpados y muestra esos ojos de gallo, eres ese fragmento necesario antes de que el sol se despoje de su pijama para estrenar el día, que tú ya has inaugurado como el tempranero ser que eres.

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