Si cortásemos por la mitad una manzana, podríamos ver la fragilidad de su corazón, de igual modo esa fragilidad es la misma que se quebró a las once de la mañana de un ocho de enero del presente año. Era como si a los engranajes de un reloj de bolsillo se le hubiese roto la tuerca que hace girar las manecillas del tiempo. Pensar, que días antes su mente había viajado por las asfaltadas calles en las que tantas veces había dejado sus huellas impresas, que aún hoy se pueden ver reflejadas en sus aceras, y ni tan siquiera el viento ha podido consumirlas en el olvido.
Manuel Rodríguez Sánchez era una persona envolvente, como uno de esos libros al descubierto, y su carácter se podría comparar con las tranquilas aguas encerradas en las paredes transparentes de un vaso de cristal, que por más que se intenta sacudir es imposible que ese cuerpo de agua se derrame en el suelo, e incluso que llegase a salpicarlo mojándolo con gotas de su alma. Hasta en esto era muy cuidadoso.
Manolo, murciano de nacimiento. De su encarnada sangre fluía un líquido plateado proveniente de la ciudad en la que vivía, y aún le sobraban algunas venas que formaban un zurcido que estaba ensamblado como una pieza exacta a la de su amada mujer crevillentina, con la que ha compartido su existencia durante unos cincuenta y seis años, hasta que los pespuntes de sus hilos de vida se le fueron deshaciendo. Se le llegó a conocer con dos apodos que lo identificaban por lo que él hacía. El primero de ellos fue “el limpia”, profesión que comenzó en el año mil novecientos sesenta y seis, ganándose la vida dando brillo a los zapatos de los clientes en los desaparecidos Hotel Cartagena y Café Marfil de la ciudad de Elche. Éste último estaba ubicado en la glorieta, cerrando sus puertas allá por la década de los ochenta, para que posteriormente le precedieran un Burguer King y más tarde fuese la caja de ahorros del mediterráneo la que desplegó su sombra. Al no tener más remedio que cambiar de empleo, se dedicó a vender lotería recorriendo las calles de Elche, que tanto conocía. Dando en más de una ocasión algún premio importante que ha hecho feliz a más de uno. Entonces se le empezó a conocer como “el lotero”, y así cariñosamente ha sabido cosecharse una admiración por cómo era y no por lo que hacia.
Ahora quien viaja ya no es su mente sino su alma, y es posible que callejee de nuevo esta otra ciudad en busca de distintos abonados para darles el premio de la felicidad que era lo que siempre intentaba repartir a todos.

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