El anochecer veraniego se va apoderando de cada línea de luz perfilada sobre las capsulas de cemento, y en la calle asfaltada con sus cicatrices perdurables al tiempo, tres siluetas humanas casi difuminadas por esa noche que va avanzando su estómago de azabache, se las ve sentadas en una silla de madera con asiento de enea y dos taburetes, uno de cuero rasgado y el otro de plástico rayado. Están en silencio, mirando el desfile insondable de la calle, junto a la puerta de una tienda de alimentación africana situada en una de esas arterias de cuyo nombre, lo toma de uno de esos personajes muertos que nadie sabe quien fue, por esta ciudad destacada por sus atestados carteles publicitarios que la definen como la ciudad de las palmeras.

Las tres figuras sentadas a la fresca, de vez en cuando sueltan alguna frase enigmática de su idioma “el uolof”, ya que son inmigrantes Senegalese.

El hombre más alto y larguirucho es el dueño de la tienda, su nombre es Abdramane Aw aunque él prefiere que le llamen “Au”.

Al igual que la noche, las sombras se introducen de entre sus huecos cada vez más considerados de las estanterías que épocas anteriores estaban repletas de productos. De entre las cajas de couscous y de la farine clarea un paréntesis difícil de llenar, donde anteriormente había sémola de maïs, tampoco le quedan cajas de Rooibos y las botellas de aceite de palma se hace tan espeso como “Au”. Sus argumentos de política social están tan caducados como las latas de tomate concentrado y las de leche en polvo. Y las pocas latas alineadas en el refrigerador de cerveza de malta, o jugo de tamarindo y del rojo inconfundible de la coca cola secan sus raíces internas de líquido, y el sudor de sus pieles metálicas se desmaquillan en la bandeja donde reposan sus culos circulares.

La yuca alojada en una caja de cartón entrega sus llaves putrefactas a las inquilinas moscas que la rodean al verse atraídas por su perfume. “Au” se lamenta con unas frases en un español al que todas las letras que salen de sus gruesos y esponjosos labios, las llega a pronunciar como sí tuviesen acento a final de palabra. Se decepciona con el gobierno que nada le soluciona a pesar de su intento porque no se le seque la rosa en el tiesto. Asfixiado por un intento vano de subsistir, entonces, interesado por su conversación, saco de mi bolsillo un euro para comprar una bolsa de láminas crujientes de banana, y como espectador escucho a los tres sabios de la calle y no por edades pues los tres oscilan entre los 40 y 50 años sino, por esa experiencia que va liquidando sus existencias de huesos cansados. La amenaza de la noche los engulle como a mis patatas fritas sabor banana que entran por mi garganta, cuando la bolsa se queda vacía la deshecho en el recipiente de basura y así, sin solucionar el mundo dejo su desánimo para que egoístamente no sea el mío, y me pierdo en esa calle impugnada por otro tipo de escombros que se mueven sin importar el ritmo que lleve el resto.

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